¿Quién dijo que la magia no existe?

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Pues eso, que como dice el dicho, “rectificar es de sabios”, me dispongo a contradecir lo apuntado por un servidor en el anterior artículo, pero tranquilos, lo haré sólo en lo concerniente al título, no al contenido, jejeje.

En un reciente viaje que hice de Barcelona a Madrid a través de un servicio de coche compartido (experiencia que recomiendo), tuve la oportunidad de coincidir con Gervasio Wimper, un artista profesional dedicado a los espectáculos de magia y el mimo.

Como es lógico cuando se juntan dos personas extrovertidas, rápidamente comenzamos a charlar y a contarnos nuestras vidas. Paralelamente y aunque pueda parecer algo raro, poco a poco nos fuimos dando cuenta de que nuestros oficios, mago él (o ilusionista cómo más me gusta verlo) y formador de recursos humanos yo, tienen mucho más en común de lo que inicialmente pueda parecer.

Básicamente, el objetivo principal del formador no es otro que el de desarrollar habilidades o transmitir conocimientos a una serie de personas, pero no es menos cierto, que al igual que el ilusionista, debe marcarse otro objetivo, el de entretener a su público.

De nada sirve que te prepares un curso perfecto a nivel técnico, con unos contenidos excelentes ajustados a las necesidades de desarrollo de la organización, si a la hora de exponerlos no “enganchas” a los oyentes.

Es ahí donde las habilidades del formador deben transformarse en las habilidades de un ilusionista. Es aquí donde a la hora de preparar tu guión o storyboard para la presentación del curso, no debes descuidar mantener un perfecto equilibrio en el ciclo razón – emoción.

Es aquí donde, como me indicaba Gervasio, necesitas crear tensión para después romperla y para eso el humor es una herramienta fantástica.

Es aquí donde el formador, al igual que el ilusionista, estudia las técnicas del comportamiento psicológico para manipular (en el buen sentido de la palabra) y controlar en todo momento a su público, evitando que este caiga en la desmotivación, que algún “troll” destruya su espectáculo, o utilizando las técnicas de comunicación no verbal para estudiar el estado de ánimo, para transmitir sensaciones o para dirigir la atención del público hacia un punto determinado (como hace el mago con la técnica del miss direction)

El ilusionista y el formador deben ser personas muy flexibles, adaptando su actuación a lo que en todo momento está sucediendo delante de ellos, corrigiendo aquello que ven que no funciona y no parando de innovar en busca de la satisfacción máxima de las personas para las que trabajan.

En fin, podría seguir contando más paralelismos entre la profesión de ilusionista y la de formador, pero entonces tendría que desvelaros algún truquillo más, lo cual implica que en el futuro, algún espectador de Gervasio o algún alumno mío pudiera pensar “ah, entonces eso tiene truco” y en consecuencia se viera afectada un ápice su ilusión y… no señores… por ahí no paso.

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