Una reflexión sobre motivación laboral

Roberto Jimenez Jimenez/ mayo 4, 2019

Motivación

Algunas de las frases que más escucho cuando imparto formación en recursos humanos para alguna empresa cliente son dos: “Roberto, eso que estás explicando está muy bonito, pero en esta empresa no puede aplicarse” o “eso se lo tenía que decir a mi jefe”.

Ante esta cuestión, obviamente la respuesta de este formador es otra pregunta al estilo de Mou, ¿por qué?

Las respuestas suelen ser del tipo  “porque la empresa nos lo impide”, “porque mi jefe no me deja”, “porque los clientes no quieren”, “porque mis colaboradores no me responden”, “porque el resto de compañeros no lo hacen”, etc.

Es entonces cuando respondo… “ahhhhhh, claro, claro… cómo no me había dado cuenta… la culpa siempre es de los demás”.

Es un acto reflejo de las personas buscar las causas de sus problemas o conflictos en el exterior, sin pararse a mirar si realmente uno mismo está haciendo todo lo que pudiera o debiera. En otras palabras, hacemos ley el refrán de “ver la paja en ojo ajeno…”

Al principio de mi carrera profesional como consultor en recursos humanos, esta cuestión me traía de cabeza, ya que pensaba que siempre «me tocaba» dar formación o desarrollar proyectos de consultoría en empresas donde los trabajadores sufrían las situaciones más injustas.

Entendía que aquellos técnicos u operarios eran trabajadores a los que sus empresas y sus jefes explotaban y maltrataban. De forma paralela, en el caso de jefes o directivos, entendía que sus colaboradores no les comprendían o, valga la redundancia, no “les colaboraban”.

Hasta que un día, decidido a resolver este entuerto profesional y existencial, me propuse realizar un experimento formativo que me ayudase a obtener datos empíricos a favor o en contra de mi hipótesis de infortunio.

Tomé como base teórica del experimento la teoría X e Y sobre factores motivacionales en el trabajo, una teoría de un tal McGregor, que resumiendo muchísimo preconiza que existen dos tipos de personas en el mundo profesional, aquellas a las que les gusta trabajar (personas X) y aquellas a las que no les gusta (personas Y).

Una vez que expliqué a mis alumnos detalladamente todos los condicionantes de cada una de las dos posturas, X e Y, les pregunté lo siguiente:

“Tomando como referencia toda su trayectoria profesional, indíquenme qué porcentaje de personas X e Y han conocido ustedes en su vida profesional” (la respuesta debe contemplar una distribución del 100%, es decir, si se han cruzado con la mitad de un tipo y la mitad de otro, dirían 50% personas X + 50% de personas Y).

Después de responder a esta pregunta por escrito (las palabras se las lleva el viento), les lancé la segunda de las preguntas:

“Y ustedes, qué distribución porcentual se aplicarían a sí mismos en toda su trayectoria profesional, es decir, cuánto tienen de X y cuanto tienen de Y”. La respuesta a esta pregunta la debían anotar en el mismo papelito dónde habían apuntado la anterior, de forma que un servidor se pudiese pasear por la clase ojeando dichos papelitos.

Cuando comprobé sus respuestas no pude reprimir soltar unas carcajadas… y ustedes se estarán preguntando lo mismo que se preguntaron ellos entonces… “y esté formador tan raro, ¿de qué carajo se ríe ahora?”

Pues bien, después de unos segundos y antes de que se me saltaran las lágrimas, lancé esta frase: “¡Vaya! ¡Me han mandado a clase a los trabajadores más comprometidos de la empresa, a ver cuando me mandan a los que no le gusta trabajar!”.

Obviamente, el resultado de las respuestas reflejaba de manera abrumadora, que la inmensa mayoría (más del 95%) de los alumnos ven a los demás mucho más Y que ellos mismos (diferencias superiores al 75% de desviación), es decir, que todos piensan que a los demás les gusta menos trabajar que a uno mismo.

Fue entonces cuando les pregunté, “¿alguien sabe dónde estarán esas personas a las que no les gusta trabajar? Viendo los resultados, entiendo que a esta clase sólo han asistido los trabajadores más comprometidos con la empresa o, al menos, los que más disfrutan haciendo su trabajo, es decir, que quienes más necesitan esta formación no han asistido”.

Después de esta reflexión, empezaron a darse cuenta de que quizás tenían una visión egoísta de su entorno laboral y que solo veían las necesidades e inquietudes que a ellos les interesaban.

Es importante señalar que, diez años después de este primer experimento, sigo obteniendo los mismos resultados en esta encuesta realizada en los cursos que imparto.

Así que, la próxima vez que se pille a sí mismo echándole la culpa de todo a su empresa, a su jefe, a sus compañeros, a sus colaboradores o al vecino del quinto, piense… “¡hay vida más allá de mi ombligo!”

Roberto Jiménez Jiménez – KEY FOR BUSINESS CONSULTING – Formación y consultoría en Recursos Humanos

 

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